La
historia de la cerámica de Talavera de la que encontramos
más datos comienza en el siglo XVI. Anteriormente también
existía industria alfarera en esta zona, al igual que en
otros lugares de la península, que conocemos como cerámica
hispano-musulmana y que es el punto de partida de
las "florecientes
industrias cristianas de Paterna y Teruel, Manises
y Muel" y de
la de Talavera. El torno morisco es una herencia
de esta cerámica.
La
llegada del Renacimiento y la adopción de los nuevos
cambios técnicos y estéticos logran que los barros
de Talavera de la Reina alcancen renombre y su mayor
explendor en el siglo XVII y comienzos del XVIII.
En
el año 1600, Felipe III promulgó una pragmática
( Ley emanada de competente autoridad, que se diferenciaba
de los reales decretos y órdenes generales en las fórmulas
de su publicación) por la que se prohibían "...colgaduras
y aderezos de casa de brocados y telas de oro y plata
bordado y hechuras de joyas de oro y piezas de plata". Esto contribuyó aún
más al auge de la cerámica talaverana, pues obligó a
sustituir las vajillas de metales preciosos por labores
de barro vidriado incluso en las mesas más distinguidas.
En
el libro "Cerámica de Talavera" de Balbina Martinez
Caviro se mencionan la existencia de documentos que
prueban el favor real desde 1570 hasta 1738. Encargos
de azulejos y otros objetos para el Monasterio del
San Lorenzo del Escorial con el beneplácito de Felipe II
al pintor Juan Fernández,
visitas reales a los alfares durante el siglo XVII
y el envío
de azulejos para solar el Palacio Real de Madrid o
el Palacio de la Granja en los primeros años del XVIII son
una pequeña
prueba.
A
partir del segundo cuarto del XVIII es notoria la
decadencia de los hornos. Los materiales ultramarinos
necesarios como el estaño
y el color azul (cobalto) cuestan demasiado y no
hay compradores por la "cortedad de caudales" así como
por un cambio en la moda, imponiendo franceses y sajones
un gusto más refinado, el rococó, "diametralmente
opuesto a la explosión exuberante y descuidada de nuestra
cerámica".
Si unimos a esto la ruptura del tráfico marino y la destrucción
de la mayor parte de los hornos durante la guerra
de la Independencia, se entiende que el trabajo de
los hornos se redujera producciones de caracter popular,
gracias a la cual pudo mantenerse hasta nuestros días.
Es
a comienzos del siglo XX, y en virtud a la admiración
que la cerámica y su historia encontraron en Juan Ruiz
de Luna y Enrique Guijo, cuando se da un nuevo impulso
creativo e industrial a la cerámica de Talavera. No sería
facil tampoco este siglo para los nuevos hornos. Sufrieron
la destrucción durante la guerra civil, pero incluso peor
sería enfrentarse a los nuevos procesos de producción
industrial con los que era imposible competir. El
cierre de los grandes talleres ha dado paso en nuestros
días
a los talleres de "cerámica artística" de caracter
personal y familiar que dan más posibilidades a la creatividad
y la expresión artística.